17 de noviembre de 2011
La brevedad constante y su homenaje silencioso
3 de septiembre de 2011
Cine y fotografía en Sonora: agosto de 2011
Ignacio Manuel Altamirano realizó un viaje al estado de Sonora en las últimas décadas del siglo XIX. Entre los lugares que visitó, narra en una carta que le escribió a un amigo, menciona que se quedó unos días en Ures. En la descripción de su estancia, le comenta a su amigo la manera en que fue adaptada una obra de teatro dentro de un corral. Menciona también la alegría que ve en los sonorenses durante sus fiestas, en contra de la imagen dura y seria que se le da en el centro del país.
Lo relevante de esta anécdota no es la calidad de la obra, si los actores eran profesionales o si se realizó una buena adaptación, sino que refleja una parte de las actividades que los habitantes de Ures realizaban en sus tiempos libres. Podemos decir entonces que en el siglo XIX había teatro en el estado así como personas que daban sus primeros pasos en las letras regionales, sin olvidar la presencia de la música que es una parte inherente en cualquier sociedad.
Desde entonces, podemos decir que la fotografía y el cine van de la mano en Sonora. Claro, los antecedentes del cine se remontan años atrás y el desarrollo de la fotografía ha sido mucho más lento, ya que por años no hubo fotógrafos profesionales ni cineastas en la región que realizaran una obra reconocida con su trabajo artístico.
A diferencia de aquellas décadas, hoy en día tengo la impresión que las disciplinas más activas en el estado son precisamente esas dos: la fotografía y el cine. La primera de ellas domina el panorama mundial al ser parte importante de internet y por la facilidad que hoy en día tenemos de tomar fotografía no tan solo por cámaras fotográficas, sino por celular y a través de la misma computadora. En el estado, la fotografía es estimulada por una serie de concursos que el Instituto Sonorense de Cultura realiza cada año (tanto para aficionados como profesionales), así como la organización anual de Fotoseptiembre, en donde la fotografía llega a universidades, calles, edificios de gobierno, talleres e incluso
Por su parte, el esfuerzo de varias personas en el estado, como es el caso de Monica Luna, por difundir aun más el cine de calidad, ha hecho posible la unión de cineastas del estado al crearse la asociación civil CISON (Cineastas Independientes de Sonora), y que en este año se haya llevado a cabo, con gran aceptación, la proyección de un gran número de documentales de excelente calidad del proyecto Ambulante. Estos esfuerzos suman ya otro logro más: la creación de la Red de Cines Cubles en Sonora, contando con el apoyo del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (Conaculta), el Instituto Mexicano de Cinematografía (Imcine), la Cineteca y el Instituto Sonorense de Cultura. Lo valioso de esta red es que los cine clubes contarán con material del acervo de las instituciones ya nombradas para su proyección en distintas partes del estado.
Volviendo al punto de inicio de esta reflexión, si alguien viniera a Sonora y escribiera una carta a un amigo del centro del país explicándole la manera en que los sonorenses se divierten en su tiempo libre, ¿qué escribiría?, ¿que gran parte de las personas van a exposiciones de fotografía?, ¿que no hacen otra cosa más que ver cine de calidad? El principal reto de los coordinadores que planifican las actividades de estas dos disciplinas, es difundirlas más allá de los amantes de la imagen, más allá de los propios cinéfilos y fotógrafos para llegar cada vez más a un público diverso y heterogéneo.
25 de junio de 2011
Revelaciones
21 de junio de 2011
Sobre La brevedad constante
24 de marzo de 2011
Nuestra capacidad de asombro: cartas del desierto
El documental Cartas del desierto, realizado en el 2010 por Michela Occhipinti en el desierto de Thar ubicado en la India, es una mirada a la concepción del tiempo y del espacio que tienen los habitantes de esa región. En la primera escena observamos un tren, que al pasar por una estación despoblada, reafirma en su rastro el silencio y la soledad del desierto. Después llega un hombre (Hari) a esta estación y se lleva en su espalda un costal repleto de cartas. Una vez que estas misivas son rotuladas con el sello postal, Hari empieza a repartirlas en las aldeas vecinas que descansan sobre la arena como pequeñas islas separadas por kilómetros de distancia. Esta realidad pasiva se ve trastocada al recibir cada vez menos cartas y sobre todo a la llegada del teléfono celular.
Tanto Hari como el hombre que se encarga de sellar las cartas se dan cuenta que la aparición de teléfono traerá una diversidad de cambios a la comunidad, lo cual es reafirmado al recibir una carta donde se les informa que reducirán el número de empleados en el servicio postal. En vez de protestar o ver mal la llegada de las telecomunicaciones, ambos hombres argumentan, en una charla que sostienen, que la llegada del teléfono celular es algo bueno. Ante el anacronismo de sus oficios, Hari busca nuevas formas de ganar dinero y se posiciona en un puesto del mercado vendiendo legumbres.
Esta historia particular de Hari deja ver ciertos rituales y tradiciones que se tenía en esa región al recibir una carta. Algunas familias lo reciben, le invitan a tomar té y otros le piden que lea el contenido del mensaje. Es así que la familia completa se reúne en torno al mensajero y escucha las palabras que están escritas en el papel, ya sean noticias buenas o malas; en el último caso, la familia le pide al mismo mensajero que destruya la carta ahí mismo. Para los pobladores de la región, Hari representa la conexión con lo que sucede en el mundo externo, y al mismo tiempo él conoce las noticias que reciben los demás al grado de estar al pendiente si alguno de ellos espera algo en especial: la pensión, noticias de un familiar enfermo, entre otras cosas.
Cartas en el desierto marca esa transición que las sociedades han tenido al entrar en contacto con nuevas formas de comunicarse y que significa un reacomodo en su cosmovisión del mundo: la llegada del telégrafo o de la televisión, por mencionar algunos ejemplos que han significado una renovación en las comunicaciones. Poco a poco nos damos cuenta que las tradiciones y rituales de los pobladores de esta región van a ir cambiando conforme se modifiquen las maneras de comunicarse entre ellos. La comunicación de ahora en adelante será más rápida (en contraste con el subtítulo de la película Elogio a la lentitud) y se esperaría que fuera también más efectiva. Pero lo que llama la atención en la historia de la película, es la aceptación de los habitantes ante estos nuevos cambios e incluso la curiosidad que muestran en el uso del celular. Esto contrasta con el sentido negativo de lo que para algunos significa la llegada de la tecnología o de la “modernidad” (entendiéndola en su sentido más básico como “ruptura del pasado”), ya que da pie a la perdida de tradiciones y rituales de un pueblo. Es así que esta región perderá poco a poco ciertas tradiciones que la hacían diferente a las demás y entrará a un proceso cultural homogéneo donde compartirá formas de ver el mundo, de entenderlo y actuar en él con otras regiones.
En los últimos años la televisión americana y europea han producido cada vez más programas cuyo objetivo es conocer la realidad de regiones muy pequeñas de países poco desarrollados, la cultura del sexo que tienen, los rituales que realizan o la manera de vestirse de las personas en esas comunidades en particular. Hemos llegado al momento donde lo tradicional nos impresiona, donde lo básico nos provoca expectación: somos capaces de comprar a precios altos diversas artesanías y de viajar al otro lado del mundo para conocer comunidades aisladas. Algunas de estas han sacado provecho y cotizan su cultura muy alto, ya sea dando permisos para la caza de animales en peligro de extinción, siendo guías en ciertos territorios o vendiendo lo que producen. Nuestra capacidad de asombro se apega a lo simple, por eso nos asombra que Hari tenga que caminar varios kilómetros para entregar las cartas y que las familias se reúnan ante él para escuchar el mensaje de la misiva.
Cartas en el desierto es una reflejo de lo que fuimos. La predilección del público actual por conocer la realidad de diferentes comunidades a través de documentales, reportajes o programas de televisión, muestra la nostalgia por aquello que el llamado “mundo moderno” ha perdido: la lentitud, la soledad y el silencio como formas de vida.
Libro a la vista
20 de enero de 2011
Los libros
2 de enero de 2011
Reuniones familiares
31 de diciembre de 2010
Despidiendo el año
30 de diciembre de 2010
Naves que se conducen solas
Mario Vargas Llosa: entre la literatura y política
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5 de septiembre de 2010
Historia, cultura y sociedad civil
17 de agosto de 2010
El viaje, por Guadalupe Becerra (reseña sobre Pasajeros)
¿Qué tipo de personajes pueden ser ubicados en estas situaciones? Muchos y variados: una mujer que cada tarde se sienta en un café y espera ser asediada por varios hombres (lo cual, en efecto, sucede); un muchacho que en compañía de su primo hace sus primeras excursiones a un prostíbulo y descubre su sexualidad, pero no de la forma que esperaba; un matrimonio que decide revivir la pasión observando e imitando a otra pareja; o una mujer que está casi segura de la infidelidad de su esposo y decide buscarlo en su oficina para enfrentarlo, por citar algunos.
Y es que en la mayoría de los casos los viajes que se emprenden se deben a otra persona, a la búsqueda de la aceptación del otro que le dará estabilidad y sentido a la existencia propia. Pero no siempre. El relato “No hay mejor día que éste” narra cómo Mauricio, a partir de un descubrimiento tan anodino como una línea en su rostro, comienza a percibir todo de una forma distinta y emprende el viaje hacia lo que está fuera de él.
También hay cabida para el eterno observador, para aquél que (una vez más en sentido metafórico) compra los boletos, prepara su equipaje, paga los recibos mensuales por adelantado, llega a la estación y a punto de partir decide que lo hará algún otro día. Decide que la espera y la ilusión van mejor con su perfil.
El cuento que da título al libro narra el momento en que un hombre termina su relación un domingo de noviembre y sale a caminar por Reforma, cargando una maleta que contiene todas sus frustraciones y sin saber exactamente a dónde dirigirse. Para prolongar su paseo, pero con mayor velocidad, toma un taxi. Sigue sin saber cuál es el rumbo, pero eso no le impide desplazarse, observar por la ventanilla a los viandantes en su constante ir, ir, ir y reflejarse en ellos, quizá no tan erróneamente.
La invitación a la travesía siempre será un eterno cuestionamiento: “¿Acepto? ¿Qué debo llevar? ¿Estoy preparado? ¿Mi pareja estará de acuerdo? ¿Mi vida sería diferente (mejor) si hubiera aceptado?” Preguntas que están de sobra cuando el viaje por sí mismo llega y obliga a tomarlo. Mejor aún: cuando se percibe que se viajó al llegar al destino (que, sobra decirlo, no es definitivo). Pero no siempre pasa así.
Una lectura ágil que provoca cuestionamientos pesarosos.
15 de agosto de 2010
Inicio de mi autobiografía
25 de julio de 2010
Entrevista
27 de junio de 2010
Muerte y reflexión
Sus muertes han provocado la misma reacción que dejaban sus opiniones en entrevistas y en sus libros: la reflexión del público y de los lectores. Ambos fueron personas que aparte de escribir una obra literaria consolidada, se preocuparon por los problemas sociales tanto de su país como de otras fronteras. Mientras que Saramago era enemigo del Vaticano, Monsivais renegaba de las declaraciones de Norberto Rivera.
Monsivais era el cronista de la ciudad de México, lugar que en su momento ocupó Salvador Novo. Además de esto, Carlos mostró que no es necesario escribir historias de ficción o poesía para ser escritor. Su basta obra ensayística y de crónica, abarca desde análisis sociales sobre Pedro Infante y Juan Gabriel, hasta ensayos literarios sobre Ramón López Velarde y Manuel Gutiérrez Nájera. Frecuentemente mezclaba lo popular con lo artístico, así como la ironía y el sarcasmo en sus declaraciones. No se puede entender gran parte del análisis cultural en México del último medio siglo sin las aportaciones de Monsi.
En cambio, José Saramago fue un hombre más solemne, quizá porque su obra la empezó a escribir a partir de los sesentas años, y las veces que visitó México era ya un escritor reconocido a nivel mundial al recibir el nobel, y rebasaba las siete décadas de vida. Sus novelas reflexionan sobre la condición humana universal: ¿y si nos quedamos ciegos?, ¿y si dejáramos de morir? No en vano es el escritor portugués más reconocido, sólo a la altura de su paisano Fernando Pessoa.
Los ensayos o crónicas de Monsivais, así como las novelas de Saramago, reflejan la época histórica, confusa y contradictoria, en la que vivimos. Son y serán un referente exacto y preciso de la generación de finales del siglo pasado, aquellas personas que dejaron poco a poco el televisor para concentrarse en las computadoras. Carlos Fuentes ha dicho, a propósito de la muerte de estos dos personajes, que nosotros en vez de haber perdido a un escritor, hemos ganado, para siempre, su obra. Yo agregaría que no tan sólo su obra, si no el ejemplo de mantener firmes nuestras convicciones y de estar a favor, antes que de alguna tendencia religiosa o ideología política, de la humanidad.
16 de junio de 2010
¿Qué se puede decir de un libro?
15 de junio de 2010
Encuentro
6 de junio de 2010
En defensa del ensayo
4 de junio de 2010
Fiestas del Pitic 2010
Los artistas que en ediciones anteriores han participado en estos festejos como Pablo Milanés, Jumbo, Nortec, y la participación de escritores como Jorge Volpi, Elsa Cross y Alberto Ruy Sánchez, contrastan con la pobre calidad en los espectáculos que hubo en esta ocasión, salvo el concierto de Diego El Cigala, el flautista Horacio Franco y la charla del escritor y periodista Federico Campbell. Sin embargo el espectáculo con mayor relevancia en esta edición, el concierto de El Cigala, no atrajo al público que año con año ha abarrotado desde temprano los asientos y las gradas.
Esto refleja unas Fiestas del Pitic limitadas, una administración municipal poco interesada en traer espectáculos de calidad (o endeudada, como aseguran algunos rumores), sin preocuparse por las nuevas manifestaciones artísticas y culturales, anclada en los mismos eventos de siempre. El Bicentenario y el Centenario no fueron pretextos para una mayor inclusión de actividades. De hecho el lema de este año fue: “En el bicentenario, ¡Vívelas con alegría!” sin hacer ninguna alusión al centenario de la Revolución Mexicana: evento donde los sonorenses jugaron un papel importante.
El IMCATUR reflejó a través de las fiestas de este año su incapacidad, o desinterés, para renovarse y actualizarse, mostrando el papel que ocupa la cultura y el arte para la nueva administración. La gran asistencia que tuvieron las fiestas sobre todo el fin de semana, rebasando los cien mil espectadores (a mí me contaron tres veces porque fui tres días) según la información del propio instituto, me parece que responde más bien a la búsqueda de nuevos espacios que el hermosillense necesita para el intercambio de ideas y experiencias, tales como galerías, cafés, bares, restaurantes, espectáculos callejeros, conciertos al aire libre: todo lo que puede ofrecer un Centro Histórico activo.



